
Durante décadas, estudiar fue presentado como la ruta más segura para escapar de la pobreza, acceder a un empleo estable y vivir mejor que los padres. Esa promesa no ha desaparecido, pero en el Perú funciona con graves fallas. El país amplió el acceso a la secundaria, los institutos y las universidades; sin embargo, no generó al mismo ritmo aprendizajes sólidos, puestos formales ni una economía capaz de aprovechar a sus nuevos profesionales.
MÁS ESTUDIO, MENOS MOVILIDAD ECONÓMICA
Un análisis del economista David Tuesta, basado en datos de la OCDE, revela una contradicción incómoda. Entre las generaciones nacidas en las décadas de 1940 y 1980, la movilidad educativa peruana mejoró 56%, por encima del promedio de 38% registrado en los países latinoamericanos analizados. En cambio, la movilidad de ingresos avanzó apenas 15%.
Muchos hijos superaron el nivel educativo de sus padres, pero no consiguieron una mejora económica proporcional. Esto no significa que estudiar sea inútil: la educación todavía aumenta las posibilidades de empleo y mayores ingresos. Sin embargo, su rentabilidad depende de la calidad del aprendizaje, la pertinencia de la carrera y, principalmente, de la existencia de empleos productivos.
PISA EXPONE UNA HERIDA QUE EL DIPLOMA NO OCULTA
Los resultados de PISA 2025 agravaron la alarma. Solo el 30% de los estudiantes peruanos alcanzó al menos el nivel básico en Matemática, el 42% en Lectura y el 47% en Ciencias. Además, en Ciencias se registró una brecha de 78 puntos entre el 25% de estudiantes con mayor ventaja socioeconómica y el sector menos favorecido.
Técnicamente, escolaridad y aprendizaje no son equivalentes. Un alumno puede completar la educación básica y carecer de competencias para interpretar información, resolver problemas o aplicar conocimientos. Si esa debilidad continúa en el nivel superior, el país corre el riesgo de convertirse en una fábrica de credenciales: entrega diplomas, pero no siempre capital humano.
INFORMALIDAD: EL MURO QUE BLOQUEA EL PROGRESO
La segunda fractura aparece al buscar empleo. En 2024, el 85% de los trabajadores peruanos de 15 a 24 años se encontraba en la informalidad, mientras apenas el 2% participaba en educación y formación técnica y profesional. Para un joven, la informalidad suele significar ingresos inestables, baja productividad, ausencia de protección social y escasas oportunidades de capacitación.
También existe un desajuste de habilidades: empresas que no encuentran determinados perfiles y egresados que no consiguen trabajar en su especialidad. No basta con aumentar vacantes universitarias. Se necesitan información laboral, acreditación rigurosa, formación dual, prácticas de calidad y programas técnicos articulados con la demanda de cada región.
EL ORIGEN SOCIAL SIGUE PESANDO
La movilidad se debilita desde la infancia. El lugar de nacimiento, los ingresos familiares, la conectividad, la nutrición y la escuela condicionan lo que se aprende. Luego, esas diferencias se traducen en acceso desigual a universidades, idiomas, tecnología, contactos profesionales y primeros empleos. La cancha nunca estuvo nivelada, aunque el diploma pueda crear esa ilusión.
El resultado es explosivo: jóvenes con más estudios y expectativas que sus padres, pero atrapados en ocupaciones precarias o salarios que no compensan años de inversión. Esa frustración deteriora la confianza en las instituciones y convierte una falla educativa y laboral en un problema de cohesión social.
EL BONO DEMOGRÁFICO SE ESTÁ ACABANDO
La urgencia aumenta porque el Perú envejece. Según cifras del INEI, los menores de 15 años redujeron su peso poblacional de 26,5% en 2017 a 22,7% en 2025, mientras las personas de 60 años o más pasaron de 11,7% a 14,8%. Hacia 2045, el bono demográfico estaría cerca de agotarse.
Una población trabajadora relativamente menor deberá sostener a más adultos mayores. Sin mejoras en productividad, aprendizaje y formalización, el país podría llegar viejo antes de hacerse próspero. El Perú no tiene tiempo para seguir confundiendo matrícula con educación ni título con competencia.
ESTUDIAR SÍ SIRVE, PERO YA NO ALCANZA
La respuesta no es desalentar los estudios, sino devolverles valor real. Se requiere aprendizaje medible desde la escuela, educación superior supervisada, carreras conectadas con el mercado, certificación de competencias y una estrategia económica que genere empleo formal.
El que estudia todavía parte con ventaja. Pero si el sistema ofrece aulas sin aprendizaje, títulos sin demanda y trabajos sin derechos, la promesa del progreso termina convertida en una estafa social. El desafío no es producir más egresados, sino conseguir que transformen conocimiento en productividad, ingresos y una vida mejor.
FUENTES
- Diario Gestión – “¿El que estudia triunfa en el Perú?”, de David Tuesta
- Lampadia – Reproducción de la columna de David Tuesta
- INEI – Estimaciones y proyecciones de la población peruana
- Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos – PISA 2025
